-¡Blah, blah blah! –decía uno.
-¡Blah blah, blah, blah! –rebatía otro.
Era una de esas discusiones en que cada uno hablaba más fuerte que el anterior, y, por supuesto, lo hacía antes de que este terminara. Política discutían, según me pareció. Yo me limitaba a escuchar, intentando descifrar sus comentarios para aprender un poco sobre lo que era el “riesgo país”, como lo llamaban. Creí, después de 15 minutos de ardua discusión, entender el concepto.
Un silencio sumió el ambiente en sus dulces restricciones, mientras aquellos sentados en la mesa recuperaban el aliento y bebían varios tragos de whisky.
Cómo exactamente había ido yo a parar a una mesa llena de políticos es otra historia, mucho menos interesante que esta.
-¿Y usted, por qué no opina? –Me sorprendió la indagación de uno de los hombres, que, como el resto, era demasiado gordo, y tenía el poco pelo demasiado bien peinado.
-Lo que pasa, -expliqué- es que no encuentro mi opinión tan interesante. Siendo que ya la conozco…
No había personaje alguno que no me dedicara una mirada de asombro. Algunos lo combinaban con desprecio, otros con un dejo de incredulidad. Fue entonces que comprendí que aquella discusión no consistía realmente en un debate. Nadie pretendía llegar a una conclusión, ni tenía genuino interés en las opiniones ajenas, sino que la meta de cada hombre era demostrar que tenía razón. Tal vez querían mi opinión para un desempate, o para apelar la pseudo-conclusión.
-Alguna opinión tiene que tener. –insistió el hombre a mi izquierda.
-La tengo, pero la verdad de esto no se mucho. Es puro razonamiento, puedo estar equivocado.
No era que no quisiera compartir mi pensamiento, pero comprendía a la perfección su destino. Aquellos que estuvieran de acuerdo conmigo, asentirían entre recriminaciones a los demás, mientras que quienes de distinta opinión argumentarían la mía inválida en virtud de mi ignorancia. En otras palabras, tan pronto como abriera la boca, estallaría de nuevo la dura batalla verbal entre los demás. Mis oídos, de momento, me estaban agradecidos.
Así, quieto, permanecí un minuto, casi pudiendo ver la desordenada secuencia en que primero uno, luego otro, y luego otro me tachaban sin decirlo de incapacitado mental. Entonces sonreí –me reía de ellos, claro- y esto los hizo mirarme con pena y un dejo de desprecio, confirmando cada quien el prejuicio que se había formulado hacía un instante. Entonces los miré con pena y un poco de desprecio, y ellos me creyeron aún más idiota, seguramente convencidos de que mi capacidad mental apenas bastaba para permitirme imitar las expresiones a mi alrededor ante una situación de tal desconcierto.
Lo que pensaran no importaba, pues ya me había librado de la incomodidad de la situación. Les había dejado sin el pie para seguir discutiendo, pues ninguno de ellos valoraba ya mi opinión en lo más mínimo. Ahora cada quien temía, seguramente, que mi parecer coincidiera con el suyo, quitándole el mismo solidez al respectivo argumento.
No obstante, la discusión encontró su curso sin mi ayuda, y pronto los hombres volvían a gritarse entre ellos, como si la potencia del alarido fuera proporcional a la veracidad de las palabras.
Ya volvían a ignorarme totalmente. Callado, me servía otro puñado de maní del platito sobre la mesa.
El tiempo se dejó correr, y yo, aburrido, no pude evitar volver a escucharlos. Se referían ahora en su lucha verbal a la batalla de “El Campo contra El Gobierno”; parecía extraño como una pelea engendraba una segunda sobre la primera en cuestión. Tal vez los conflictos se reprodujeran exponencialmente, tejiendo una red.
Algunos le daban la razón al gobierno, argumentando que las retenciones cobradas eran algo justo a hacerse en función de lo que ganaban, mientras que los otros defendían al campo, vociferando que era absurdo e injusto el monto de dichas retenciones. Yo, por supuesto, en mi total ignorancia, no sabía de qué lado pararme, y, francamente, perdía la paciencia. Pero tenía algo para decir.
-Yo creo que… -intenté decir al encontrar una pausa, pero mi voz pronto se vio apagada por la estridencia que surgía, renovada, entre los presentes.
-Yo… -insistí, pero con tan poco éxito como la primera vez.
Ya no podía entender lo que decían, todos hablaban simultáneamente y con tono mucho más alto del realmente necesario. Era una total confusión, la cabeza me daba vueltas y abrí la boca varias veces, pero sin encontrar ocasión de articular palabra.
-¡CALLENSÉ, IMBÉCILES! –grité finalmente- ¡¿NO SE DAN CUENTA DE QUE EL PROBLEMA ESTÁ EN EL EGOÍSMO, EN NO PENSAR UN POCO EN LOS DEMÁS, IMPORTÁNDOTE UN CARAJO LO QUE CREEN, QUIERIENDO HACERTE ESCUCHAR POR ENCIMA DE ELLOS?!
Algunos podrían llamar egoísta y hasta contradictoria y egocéntrica mi declaración, pero, si se piensa un poco en ello, se llegará a la infalible conclusión de que yo no era, al fin y al cabo, igual que ellos, porque yo… yo tenía razón.
FIN
