sábado 3 de mayo de 2008

LA OPINIÓN

-¡Blah, blah blah! –decía uno.

-¡Blah blah, blah, blah! –rebatía otro.

Era una de esas discusiones en que cada uno hablaba más fuerte que el anterior, y, por supuesto, lo hacía antes de que este terminara. Política discutían, según me pareció. Yo me limitaba a escuchar, intentando descifrar sus comentarios para aprender un poco sobre lo que era el “riesgo país”, como lo llamaban. Creí, después de 15 minutos de ardua discusión, entender el concepto.

Un silencio sumió el ambiente en sus dulces restricciones, mientras aquellos sentados en la mesa recuperaban el aliento y bebían varios tragos de whisky.

Cómo exactamente había ido yo a parar a una mesa llena de políticos es otra historia, mucho menos interesante que esta.

-¿Y usted, por qué no opina? –Me sorprendió la indagación de uno de los hombres, que, como el resto, era demasiado gordo, y tenía el poco pelo demasiado bien peinado.

-Lo que pasa, -expliqué- es que no encuentro mi opinión tan interesante. Siendo que ya la conozco…

No había personaje alguno que no me dedicara una mirada de asombro. Algunos lo combinaban con desprecio, otros con un dejo de incredulidad. Fue entonces que comprendí que aquella discusión no consistía realmente en un debate. Nadie pretendía llegar a una conclusión, ni tenía genuino interés en las opiniones ajenas, sino que la meta de cada hombre era demostrar que tenía razón. Tal vez querían mi opinión para un desempate, o para apelar la pseudo-conclusión.

-Alguna opinión tiene que tener. –insistió el hombre a mi izquierda.

-La tengo, pero la verdad de esto no se mucho. Es puro razonamiento, puedo estar equivocado.

No era que no quisiera compartir mi pensamiento, pero comprendía a la perfección su destino. Aquellos que estuvieran de acuerdo conmigo, asentirían entre recriminaciones a los demás, mientras que quienes de distinta opinión argumentarían la mía inválida en virtud de mi ignorancia. En otras palabras, tan pronto como abriera la boca, estallaría de nuevo la dura batalla verbal entre los demás. Mis oídos, de momento, me estaban agradecidos.

Así, quieto, permanecí un minuto, casi pudiendo ver la desordenada secuencia en que primero uno, luego otro, y luego otro me tachaban sin decirlo de incapacitado mental. Entonces sonreí –me reía de ellos, claro- y esto los hizo mirarme con pena y un dejo de desprecio, confirmando cada quien el prejuicio que se había formulado hacía un instante. Entonces los miré con pena y un poco de desprecio, y ellos me creyeron aún más idiota, seguramente convencidos de que mi capacidad mental apenas bastaba para permitirme imitar las expresiones a mi alrededor ante una situación de tal desconcierto.

Lo que pensaran no importaba, pues ya me había librado de la incomodidad de la situación. Les había dejado sin el pie para seguir discutiendo, pues ninguno de ellos valoraba ya mi opinión en lo más mínimo. Ahora cada quien temía, seguramente, que mi parecer coincidiera con el suyo, quitándole el mismo solidez al respectivo argumento.

No obstante, la discusión encontró su curso sin mi ayuda, y pronto los hombres volvían a gritarse entre ellos, como si la potencia del alarido fuera proporcional a la veracidad de las palabras.

Ya volvían a ignorarme totalmente. Callado, me servía otro puñado de maní del platito sobre la mesa.

El tiempo se dejó correr, y yo, aburrido, no pude evitar volver a escucharlos. Se referían ahora en su lucha verbal a la batalla de “El Campo contra El Gobierno”; parecía extraño como una pelea engendraba una segunda sobre la primera en cuestión. Tal vez los conflictos se reprodujeran exponencialmente, tejiendo una red.

Algunos le daban la razón al gobierno, argumentando que las retenciones cobradas eran algo justo a hacerse en función de lo que ganaban, mientras que los otros defendían al campo, vociferando que era absurdo e injusto el monto de dichas retenciones. Yo, por supuesto, en mi total ignorancia, no sabía de qué lado pararme, y, francamente, perdía la paciencia. Pero tenía algo para decir.

-Yo creo que… -intenté decir al encontrar una pausa, pero mi voz pronto se vio apagada por la estridencia que surgía, renovada, entre los presentes.

-Yo… -insistí, pero con tan poco éxito como la primera vez.

Ya no podía entender lo que decían, todos hablaban simultáneamente y con tono mucho más alto del realmente necesario. Era una total confusión, la cabeza me daba vueltas y abrí la boca varias veces, pero sin encontrar ocasión de articular palabra.

-¡CALLENSÉ, IMBÉCILES! –grité finalmente- ¡¿NO SE DAN CUENTA DE QUE EL PROBLEMA ESTÁ EN EL EGOÍSMO, EN NO PENSAR UN POCO EN LOS DEMÁS, IMPORTÁNDOTE UN CARAJO LO QUE CREEN, QUIERIENDO HACERTE ESCUCHAR POR ENCIMA DE ELLOS?!

Algunos podrían llamar egoísta y hasta contradictoria y egocéntrica mi declaración, pero, si se piensa un poco en ello, se llegará a la infalible conclusión de que yo no era, al fin y al cabo, igual que ellos, porque yo… yo tenía razón.

FIN

viernes 18 de abril de 2008

(Cuento) MORIR DE AMOR

Siempre me había parecido difícil pensar con la lapicera en la mano. Siempre, excepto aquella vez en que el viento azotaba mi cara y se teñía el cielo del extraño color del vacío, en tanto yo buscaba las palabras para un poema. No era un viaje placentero, como nunca puede serlo cuando a la mente la turba un incierto. Y es que pensando en ella, divagando muy por encima del inocente paisaje, distorsionado un poco por la vibración de mi cabeza contra la ventanilla, éste se escapaba en algún punto entre el ojo y la conciencia.

Ella me había dejado, por absurdo que suene, mucho antes de compartirme la ternura tan suave que insólita de sus finos labios. Tal vez fuera eso lo que me torturaba: el haber iniciado yo mi relación con ella aún sabiendo que jamás me aceptaría, y quizás era por eso que oía entonces aquellos gritos ajenos, que en realidad eran míos, y me estremecía temblando mientras recordaba su cuerpo.

Pero si hasta entonces aquello era un malestar, todo consiguió empeorar con el vacío en mi estómago que acompañaba el rumor del fuego de aquellos ojos, aún vívido en mi mente. Me pensaba apenas ingrávido.

Saber que estaba tan lejos me era insoportable, siendo conciente de la posibilidad de que me hubiera olvidado, que me hubiera dejado ir por imponérselo su mente a su corazón, de que tal vez no sería capaz nuevamente de ahondar en su alma con tan solo escuchar su voz. Esa voz tímida que discernía de su carácter, tan hermosa y tan utópica que su sola memoria golpeaba mi cuerpo con la fuerza de diez hombres, dejándome sin aire, ralentizando mi corazón.

Entonces recordé aquella mañana que pasamos en el tren, cuando me embriagó con sus besos, acariciando todo mi abstracto cuando mi corazón tocó el suyo. Y sentí que moría. Ella no estaba, y yo moriría de amor.

En ese momento salí del ensimismamiento en que me encontraba, y levanté la mano a la altura de la vista, para deslumbrarme con los destellos rojos que la bañaban. Fue el olor de la sangre que decoraba los restos del colectivo lo último que percibí, y la imagen de quien no volvería a ver fue lo que me hizo sentir vivo mientras moría.

FIN

(Cuento) POR UNA MIRADA

Recuerdo haberme sentido de manera extraña aquella tarde gris de otoño. Yo, un extraño entre todos sus amigos. Un extraño. Pocos allí sabían lo que yo sentía por ella, quien altanera callaba mi amor ante todas esas personas.

Ahora me hallaba de espaldas, pues una historia que había escuchado años atrás me obligaba a apartar la mirada de ella y dedicarla, taciturna, al ombú que se erguía prodigioso, recortando sus ramas la penumbra infinita del cielo. Allí, con la vista fija en algún punto que recuerdo innecesariamente bien, me sabía capaz aún de ver lo cierto en sus ojos, que en mi ausencia no iluminaban a nadie, pues míos eran sus ojos, y de nadie más serían.

Me volví para mirarla, hermosa en su vestido rojo, que camuflaba su pelo en el mar de lo eterno. No me daba la espalda, pero tampoco me regalaba una mirada, a pesar de que yo trataba de indagarla con la propia. Es que en aquel momento, por entre la cofradía, necesitaba yo saber cómo se sentía, si estaba a gusto, hacia donde divagaban su sentir y su pensar.

Me desesperé. Hacían ya varias horas, o tal vez solo un par de segundos, no sabría decirlo, que mis ojos la recorrían buscando un contacto, deseando que, entre toda esa gente, me señalaran los destellos de fuego que adornaban sus iris, deseando saber que aún estaba ahí para mi, que entre toda esa gente, era yo quien le importaba, era yo a quien quería.

Pero ella seguía absorta en otra cosa, me ignoraba totalmente. Me enojé. Un enojo irracional, como todo enojo verdadero. ¿Cómo podía tener el descaro de ignorarme de esa manera? Tan solo un instante pretendía de sus ojos, y después podría ella volver a absorberse en lo que hacía, y yo estaría tranquilo. ¿Es que ni siquiera eso era capaz de concederme? Me enojé aún más. Yo, amándola tanto y sin poder pretender su atención.

Me llegó el rumor de pasos firmes y coordinados que se acercaban. Ahora estaba furioso, iracundo. Me acerqué a ella en dos grandes zancadas. Estaba parado justo en frente, y aún así no me miraba. No pude más.

-¡Mirame! –vociferé- ¡MIRAME AUNQUE SEA UN SEGUNDO!

Quienes me miraban, en cambio, era la concurrencia, y me miraban como si yo hubiese estado loco. Idiotas. No sabían lo que yo sentía, no entendían. No comprendían que necesitaba penetrar en los ojos del amor, al menos una vez más, antes de que cerraran el ataúd.

FIN

El Objetivo


Pensé que lo primero que tendría que hacer es explicar el objetivo de este blog, pero como no existe realmente una razón puntual de exponer mis escritos -más allá de la obviedad de que alguien los lea- acá se corta el primer texto.