Siempre me había parecido difícil pensar con la lapicera en la mano. Siempre, excepto aquella vez en que el viento azotaba mi cara y se teñía el cielo del extraño color del vacío, en tanto yo buscaba las palabras para un poema. No era un viaje placentero, como nunca puede serlo cuando a la mente la turba un incierto. Y es que pensando en ella, divagando muy por encima del inocente paisaje, distorsionado un poco por la vibración de mi cabeza contra la ventanilla, éste se escapaba en algún punto entre el ojo y la conciencia.
Ella me había dejado, por absurdo que suene, mucho antes de compartirme la ternura tan suave que insólita de sus finos labios. Tal vez fuera eso lo que me torturaba: el haber iniciado yo mi relación con ella aún sabiendo que jamás me aceptaría, y quizás era por eso que oía entonces aquellos gritos ajenos, que en realidad eran míos, y me estremecía temblando mientras recordaba su cuerpo.
Pero si hasta entonces aquello era un malestar, todo consiguió empeorar con el vacío en mi estómago que acompañaba el rumor del fuego de aquellos ojos, aún vívido en mi mente. Me pensaba apenas ingrávido.
Saber que estaba tan lejos me era insoportable, siendo conciente de la posibilidad de que me hubiera olvidado, que me hubiera dejado ir por imponérselo su mente a su corazón, de que tal vez no sería capaz nuevamente de ahondar en su alma con tan solo escuchar su voz. Esa voz tímida que discernía de su carácter, tan hermosa y tan utópica que su sola memoria golpeaba mi cuerpo con la fuerza de diez hombres, dejándome sin aire, ralentizando mi corazón.
Entonces recordé aquella mañana que pasamos en el tren, cuando me embriagó con sus besos, acariciando todo mi abstracto cuando mi corazón tocó el suyo. Y sentí que moría. Ella no estaba, y yo moriría de amor.
En ese momento salí del ensimismamiento en que me encontraba, y levanté la mano a la altura de la vista, para deslumbrarme con los destellos rojos que la bañaban. Fue el olor de la sangre que decoraba los restos del colectivo lo último que percibí, y la imagen de quien no volvería a ver fue lo que me hizo sentir vivo mientras moría.
FIN
