viernes, 18 de abril de 2008

(Cuento) MORIR DE AMOR

Siempre me había parecido difícil pensar con la lapicera en la mano. Siempre, excepto aquella vez en que el viento azotaba mi cara y se teñía el cielo del extraño color del vacío, en tanto yo buscaba las palabras para un poema. No era un viaje placentero, como nunca puede serlo cuando a la mente la turba un incierto. Y es que pensando en ella, divagando muy por encima del inocente paisaje, distorsionado un poco por la vibración de mi cabeza contra la ventanilla, éste se escapaba en algún punto entre el ojo y la conciencia.

Ella me había dejado, por absurdo que suene, mucho antes de compartirme la ternura tan suave que insólita de sus finos labios. Tal vez fuera eso lo que me torturaba: el haber iniciado yo mi relación con ella aún sabiendo que jamás me aceptaría, y quizás era por eso que oía entonces aquellos gritos ajenos, que en realidad eran míos, y me estremecía temblando mientras recordaba su cuerpo.

Pero si hasta entonces aquello era un malestar, todo consiguió empeorar con el vacío en mi estómago que acompañaba el rumor del fuego de aquellos ojos, aún vívido en mi mente. Me pensaba apenas ingrávido.

Saber que estaba tan lejos me era insoportable, siendo conciente de la posibilidad de que me hubiera olvidado, que me hubiera dejado ir por imponérselo su mente a su corazón, de que tal vez no sería capaz nuevamente de ahondar en su alma con tan solo escuchar su voz. Esa voz tímida que discernía de su carácter, tan hermosa y tan utópica que su sola memoria golpeaba mi cuerpo con la fuerza de diez hombres, dejándome sin aire, ralentizando mi corazón.

Entonces recordé aquella mañana que pasamos en el tren, cuando me embriagó con sus besos, acariciando todo mi abstracto cuando mi corazón tocó el suyo. Y sentí que moría. Ella no estaba, y yo moriría de amor.

En ese momento salí del ensimismamiento en que me encontraba, y levanté la mano a la altura de la vista, para deslumbrarme con los destellos rojos que la bañaban. Fue el olor de la sangre que decoraba los restos del colectivo lo último que percibí, y la imagen de quien no volvería a ver fue lo que me hizo sentir vivo mientras moría.

FIN

(Cuento) POR UNA MIRADA

Recuerdo haberme sentido de manera extraña aquella tarde gris de otoño. Yo, un extraño entre todos sus amigos. Un extraño. Pocos allí sabían lo que yo sentía por ella, quien altanera callaba mi amor ante todas esas personas.

Ahora me hallaba de espaldas, pues una historia que había escuchado años atrás me obligaba a apartar la mirada de ella y dedicarla, taciturna, al ombú que se erguía prodigioso, recortando sus ramas la penumbra infinita del cielo. Allí, con la vista fija en algún punto que recuerdo innecesariamente bien, me sabía capaz aún de ver lo cierto en sus ojos, que en mi ausencia no iluminaban a nadie, pues míos eran sus ojos, y de nadie más serían.

Me volví para mirarla, hermosa en su vestido rojo, que camuflaba su pelo en el mar de lo eterno. No me daba la espalda, pero tampoco me regalaba una mirada, a pesar de que yo trataba de indagarla con la propia. Es que en aquel momento, por entre la cofradía, necesitaba yo saber cómo se sentía, si estaba a gusto, hacia donde divagaban su sentir y su pensar.

Me desesperé. Hacían ya varias horas, o tal vez solo un par de segundos, no sabría decirlo, que mis ojos la recorrían buscando un contacto, deseando que, entre toda esa gente, me señalaran los destellos de fuego que adornaban sus iris, deseando saber que aún estaba ahí para mi, que entre toda esa gente, era yo quien le importaba, era yo a quien quería.

Pero ella seguía absorta en otra cosa, me ignoraba totalmente. Me enojé. Un enojo irracional, como todo enojo verdadero. ¿Cómo podía tener el descaro de ignorarme de esa manera? Tan solo un instante pretendía de sus ojos, y después podría ella volver a absorberse en lo que hacía, y yo estaría tranquilo. ¿Es que ni siquiera eso era capaz de concederme? Me enojé aún más. Yo, amándola tanto y sin poder pretender su atención.

Me llegó el rumor de pasos firmes y coordinados que se acercaban. Ahora estaba furioso, iracundo. Me acerqué a ella en dos grandes zancadas. Estaba parado justo en frente, y aún así no me miraba. No pude más.

-¡Mirame! –vociferé- ¡MIRAME AUNQUE SEA UN SEGUNDO!

Quienes me miraban, en cambio, era la concurrencia, y me miraban como si yo hubiese estado loco. Idiotas. No sabían lo que yo sentía, no entendían. No comprendían que necesitaba penetrar en los ojos del amor, al menos una vez más, antes de que cerraran el ataúd.

FIN

El Objetivo


Pensé que lo primero que tendría que hacer es explicar el objetivo de este blog, pero como no existe realmente una razón puntual de exponer mis escritos -más allá de la obviedad de que alguien los lea- acá se corta el primer texto.